Invitados puntuales - Fermín Solana
 
 

Muy rico todo
Una noche en Mesabrava, o cómo comer Foie Gras escuchando jazz en vivo en un estacionamiento del bajo de Ciudad Vieja

 
 

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Admito que presos de la ola de fría paraonia montevideana de mediados de mayo nos tomamos la sugerencia del mail de producción del evento tan a pecho, que llegamos a considerar ir más allá del tapado de piel (sintética)/campera de piloto aeronáutico. “¿Decís de llevar una mantita polar?”, me llegó a preguntar mi chica por whatsapp, en una propuesta exagerada que por suerte descartamos de plano ya que los únicos momentos en los que llegamos a usar los abrigos fue durante los intervalos que nos tomamos para fumar, entre pasos. El resto de la velada lo pasé de camisa deambulando copa de champagne en mano entre los comensales y el personal de servicio o frente a frente con mi bella acompañante, rodeados de desconocidos en una mesa larga –colombianos de un lado, con los que no llegamos a interactuar, ídem con los uruguayos de la derecha.

Fue mi primera experiencia presencial en un Mesa Brava, evento al que hasta ahora solo conocía mediante los videos-síntesis que comparten en las redes sociales (“la miraba por TV…”). Y eso que había al respecto en mi imaginario no estaba tan alejado de la realidad -lo que habla bien de los videos en cuestión: un ambiente tirando a lo inhóspito intervenido y convertido en restaurante cinematográfico (¿netflixográfico?) para la ocasión mediante la –inteligente- utilización de luces tenues, fuegos, la comida de autor, bebida y música. Todo en su justa medida, la de la abundancia.

 
 

La acción en este caso tenía lugar en un parking del bajo de Ciudad Vieja, un viernes. Para nuestra grata sorpresa lo primero con lo que nos topamos fue una banda de jazz, tocando para recibir a los comensales que pasábamos expreso rumbo a la escalera que conectaba con el “salón” del primer piso. Lo que pocos percibimos era que los músicos estaban ejecutando su música sobre un montacargas y que en un punto determinado, con la gente ya sentada, llegarían tocando a nuestro nivel, en una aparición digna de Kiss.

Ideas así de inesperadas son uno de los rasgos distintivos de esta suerte de restaurant nómade por cuyas filas van pasando de a uno o en dream teams algunos de los mejores cocineros de Montevideo y aledaños. Este era el turno de hermanos Bondeux, Amandine y Aurelien, los herederos del a esta altura legendario Jean Paul (La Bourgogne), quienes se despacharon con una cena de 4 pasos con aires entre franceses-marroquíes-asiáticos que incluyó delicados aperitivos en plan: pastelitos de camarones con alioli thai, foie gras con cebolla caramelizada (top), una entrada (texturas de escabeche de hongos con esturión curado), el sustancioso principal (cordero al tannat + cous cous con frutos secos + membrillo asado) y postre (croustillant de chocolate con mandarina y cardamomo).

Tengo que admitir que llegué preocupado a Ciudad Vieja, no solo por la cuestión del abrigo, sino porque lo hice comido, un pecado de cara a un evento de estas características. No había podido resistirme a un testeo de mortadela casera en la cocina de Futuro, al final extendido de la jornada de viernes, y lo que empezó con apenas una fracción de refuerzo se estiró a medio flautín más a tope del fiambre y hasta un plato compartido de la misma mortadela, en ese caso sellada y servida con ensalada (!)

 
 

Así, de mortadela, me planté primero frente a la “barra brava”, para invocar el apetito de la mano de la Cuota del Angel, un Chivas preparado por los amigos de Bakers con cardamomo, membrillos, mandarina y limón gracias al que al parecer logré mi cometido, ya que no dejé pasar una de las delicadezas de los hermanos, incluida porción extra de cordero cuando mi acompañante tiró la toalla, para darme cuenta que su porción estaba más rica de punto que la mía, en una de esas noches en que me sorprendo de mi propio don de voracidad.

El resto de la noche nos tuvo dinámicos, subiendo y bajando la escalera, interactuando con las personas que conocíamos, rompiendo alguna copa, sacando selfies de pareja e imaginando cómo sería volver a una futura edición, pero con un contingente formado por una selección, ideal, de algunos de nuestros amigos más bravos. Uber, a los besos.

 

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